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El reino de la basura

El reino de la basura
Adiós Manila

 

Ya estoy de vuelta en este mundo confortable, lleno de comodidades y calidad de vida en el que escucho como una melodía cansina y monótona las quejas de los demás porque se acabaron las vacaciones y hay que volver al trabajo o porque hace calor, o ….

Y esas quejas me transportan y me traen las imágenes de personas y situaciones que viví durante este tiempo y me duelen y me hacen sentir el profundo abismo entre los que no tienen nada y los que no saben lo que tienen.

Aún quedaron muchas cosas por contar que reservaré para mí misma y otras muchas que se arremolinan en mi cabeza en giros vertiginosos esperando encontrar un lugar en el que encajarlas para continuar adelante con mi vida “normalizada”.

El domingo que salíamos de Filipinas hicimos un último viaje para ir a ver un enorme vertedero. No sé exactamente por qué decidieron llevarnos allí pero ambas estuvimos de acuerdo en hacerlo. No fui capaz de hacer ninguna foto; me quedé pegada al cristal de la ventanilla y no podía dejar de observarlo todo para intentar comprender y asimilar lo que estaba viendo.

No tengo más imágenes que las que mis palabras puedan evocar. Intentaré, con ellas, transmitir el cúmulo de sensaciones que me invadieron en el tiempo que duró este viaje, corto, pero que pasó ante mis ojos como una película a cámara lenta.

Manila es una ciudad sucia, inhóspita y de unos grandes contrastes. Las distancias se miden en tiempo y en función del tráfico de modo que cualquier desplazamiento se convierte en un viaje que puede tardar horas en recorrer distancias irrisorias. Camiones enormes abarrotados con todo tipo de materiales, furgonetas sucias cargadas de cualquier cosa, autobuses con rostros hastiados alineados en sus ventanillas, coches viejos y decrépitos o nuevos con cristales casi negros. Jeepneys, el transporte colectivo barato que hacina en su interior a más personas de las que debiera; triciclos cargados con personas que protegen su boca y su nariz de la contaminación; personas que se juegan la vida vendiendo sus artículos entre los vehículos atascados en un continuo embotellamiento que aquí forma parte de la vida de los habitantes de esta ciudad.

Para acentuar estos contrastes, zonas de casas pobres se van alternado con grandes y lujosos centros comerciales que parecen de otro mundo, cableados laberínticos que se van enmarañando de poste en poste y grandes letreros luminosos de anuncios con modelos y niños que sonríen sin mirar hacia abajo, incapaces de ver la miseria. Y debajo de cualquier saliente en las aceras o bajo un puente, bultos de gente durmiendo protegiéndose con plásticos ennegrecidos de los regueros de agua de las continuas lluvias. Iglesias y capillas pobres junto a otras enormes y pretenciosas de un color gris pero limpio, una réplica de San Pedro del Vaticano, con arquitectura más o menos conseguida pero de un extraño color verdoso sin vida,…

Los domingos se puede circular con relativa fluidez. Esa mañana se había levantado muy lluviosa pero aquí, por habitual, la lluvia no es motivo para suspender ninguna actividad previamente programada, así que nos pusimos en marcha. Todo el paisaje urbano del que hablaba antes volvió a pasar por mi ventanilla, pero esta vez especialmente gris por las gotas de lluvia que se quedaban en los cristales.

Íbamos avanzando con nuestra furgoneta blanca y el decorado empezó a cambiar de forma nada sutil; cada vez el color de las casas era más oscuro y la suciedad parecía haberse adueñado de todo, como un manto gris y fúnebre. Tapias que apenas ocultaban tras de sí una montaña de neumáticos viejos, otras, con plásticos sucios atados formando enormes haces. Montones de trapos de los que colgaban jirones que alguna vez tuvieron colores vivos. Botellas, alambres, cables, hierros,… y recorriendo estas calles, decenas de camiones sucios rebosando una carga de desechos y basuras.

Este vertedero es uno de los muchos que tiene la ciudad: una gran montaña de basura crece como un animal al que no deja de alimentarse, y las continuas lluvias hacen que se desarrollen en él plantas verdes de modo que, de lejos, parece una colina.
A medida que nos acercábamos pude comprobar la vida que bullía alrededor de él. Una calle estrecha e inclinada era el acceso de los camiones; cuando alguno de ellos se paraba un poco, varios hombres se subían en él y empezaban a escarbar en su contenido, echando fuera lo que sus manos expertas en esta carga consideraban aprovechable y una vez abajo, otros hombres (o mujeres) lo iban recogiendo y cargando en carretillas o sobre sus espaldas.
Y casas.

Alrededor de los límites del vertedero, casas fabricadas con los mismos materiales que un día llegaron hasta aquí en camiones. Tan pegadas a la ladera que con las lluvias, según nos contaban, más de una vez se habían quedado sepultadas algunas de ellas, matando a sus habitantes bajo un montón de desechos mojados y humeantes por la combustión de sus propios materiales.

Casas por todas partes, hechas con retales de cartones, chapas, anuncios publicitarios que un día invitaban a beber refrescos o a comer salchichas. Con mujeres delgadas que hacían la colada en barreños lavando ropas que nunca parecerían limpias. Rostros sucios, con miradas viejas. Gente moviéndose de aquí para allá, cargados con todo tipo de “tesoros” extraídos de la montaña que los alimentaba a todos.

No podía dejar de mirar ese mundo que se abría ante mis ojos. Seguía cayendo una fina lluvia que empañaba los cristales y yo me movía de un lado a otro buscando un resquicio de cristal que me dejara asomarme. En un par de ocasiones Erlin bajó la ventanilla para preguntar algo y un espeso hedor se introdujo en el interior del coche añadiendo otro elemento a ese decorado. Un hombre en un tenderete vendía comida: tacos de carne frita en aceite y espantaba las moscas con una rama, apartándolas del género que estaba vendiendo. Más adelante, tirado en mitad de la calle un cerdo, que lanzaba sus últimos chillidos con un tajo en el cuello, mientras un hombre lo sujetaba con un pie sobre la cabeza y otro hacía fuego y calentaba agua en un bidón para chamuscarlo y trocearlo, ratas burlándose de los escuálidos y magullados gatos,…
Y en medio de este mundo, por todas partes, niños. Los niños más grises y tristes que he visto en mi vida; buscando basura y mordisqueando lo que encontraban. Otro estaba acarreando cartones mojados y se paraba de vez en cuando a apretar el nudo de un trapo que llevaba a modo de vendaje en una pierna, sucio como el suelo. Un pequeño que apenas caminaba con seguridad llevaba un cachorro atado a una cuerda, tirando de él pero sin intención de jugar…Todos con las miradas hacia abajo, tristes y vacías, con muecas en sus labios, viviendo como súbditos y esclavos sin futuro en todo este inmenso reino en el que la basura es la reina, la dueña y la protagonista.

Alguien dijo que para adentrarnos más aquí necesitábamos un permiso especial así que, igual que entramos en este mundo nos fuimos alejando de él, mientras yo no podía dejar de mirar lo que dejábamos atrás. Esas imágenes me siguen acompañando y creo que lo harán siempre.
El coche fue tomando velocidad como intentando escapar de la suciedad, las ratas y los desechos. Y no muy lejos de allí, en un gran cartel luminoso, un niño rollizo vestido con un traje azul cielo impecable, anunciaba un detergente con suavizante convenciendo a su mamá que lo usara porque dejaba la ropa impecable, perfumada y esponjosa.

Josefina. Filipinas. Agosto 2016

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