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Los sonidos de Manila

Los sonidos de Manila

Cuando llegamos, cerca de las nueve de la noche, tras el denso tráfico desde el aeropuerto hasta nuestro destino final, Erlin nos enseñó parte de la gran casa en la que íbamos a vivir las próximas semanas. Las hermanas que todavía estaban levantadas nos recibieron con tal dulzura y alegría, que nos sentimos arropadas y acogidas con cariño.

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Mi habitación es sencilla pero tiene todo lo necesario, sin que las cosas superfluas de las que estamos rodeados siempre, estorben o dificulten la limpieza y el orden. Las ventanas aquí son muy curiosas; una estructura metálica sujeta unas láminas de cristal horizontales que con una palanquita se abaten para abrirse como una persiana o se cierran de forma que todo queda «herméticamente abierto». Por fuera, afortunadamente una tela mosquitera impide el paso a invitados no deseables de tamaño mayor a los agujeritos.

Pero el ruido no se asusta ante semejante aislamiento y las noches (especialmente la primera) resultan llenas de vida.

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En nuestro mundo vivimos al margen de la luz y de los sonidos de la calle. Nuestro aislamiento es tal que, a veces, podemos ocultar el sol y dormir cuando es de día mientras que nos mantenemos en vela por la noche. Aquí estas ventanas de las que hablaba nos conectan en todo momento con el mundo exterior y la variedad de sonidos que se aprecian es infinita; además como siempre que salimos de nuestro entorno seguro y conocido, los sentidos se agudizan y, en este caso, el oído se hace protagonista trayendo a nuestro cerebro todo un nuevo mundo de sensaciones.

los sonidos de Manila

Mi ventana da a un jardín arbolado y a un edificio colindante donde los Claretianos están construyendo un colegio (esta es una zona donde hay muchos colegios y universidades); nos han contado que tienen prisa pues trabajan veinticuatro horas siete días a la semana. Pues bien, parece que las primeras noches tocaba desmontar una parte de los andamios porque había un estruendo de hierros golpeados y arrojados abajo difícilmente imaginados y tolerados por nosotros en España a estas «deshoras».

Aunque está el jardín por medio, el rumor del tráfico también llega y no sólo el tráfico rodado sino que también se escucha algún que otro avión y, a pesar de la oscuridad, más de un helicóptero sobrevuela la zona.

Esto en cuanto a ruidos «humanos», pero se perciben al mismo tiempo una variedad de otro tipo de sonidos.

Los gatos: lo que en un primer momento me pareció un niño llorando de forma desconsolada, derivó en un orfeón de maullidos que iban desde el cortejo gatuno hasta las peleas más fieras, lo que interpreté que debían ser las más terribles amenazas a los contrincantes del cortejo porque aún no domino el lenguaje gatuno. Tan cansados acaban los mininos de sus escarceos y disputas nocturnas que durante el día dormitan entre los árboles del jardín como si no fueran ellos los mismos que la noche anterior se hacían dueños de la noche.

 

los sonidos de Manila

No son los únicos animales, hay unos pájaros cuyo aspecto desconozco que tienen un cantar muy extraño; un chirrido como cuando pasamos una bayeta por un cristal limpio (es lo más parecido que conozco para describir semejante cantar). Un gallo que debe cantar en tagalo porque tampoco despierta con el kikiriki de los nuestros. Y perros de un ladrido más internacional.

Al amanecer, apenas hay luz cuando un par de personas se ocupan de barrer las miles de hojas caídas cada día de los árboles, con un escobón de caña empieza un cansino y rítmico sonido de arrastrar de las ramitas que forman el cuerpo de la escoba; este sonido dura hasta que otro más extraño empieza después de las seis y media: una voz monótona y cansina repitiendo una letanía diaria: one, two, three, four,….one, two, three four,…Asomándome por las láminas de cristal de mi habitación puedo ver cómo las «madres mayores» (que así llaman en español aquí a las monjas que ya superan los setenta y tantos años), hacen una gimnasia matutina a medio camino entre el tai-chi y la rehabilitación, que siempre acaba con una exhalación de aire con un grito cargado de energía que diríase de luchadoras de sumo más que de mujeres de edad avanzada.

También hay un sonido coincidente con el amanecer pero que puede ser escuchado a cualquier hora del día, que surge de pronto, de menos a más y va tomando intensidad como una oleada cada vez más cercana: debe ser un insecto parecido a las chicharras. De pronto empiezan a acallar el resto de los sonidos y, después de varios días, he comprobado que muchas veces son los heraldos de uno de los sonidos más espectaculares: el de las tormentas.

Ya ha habido varias de ellas y ahí sí que se hacen protagonistas de la noche (a veces más por la tarde). Empieza un repiqueteo cada vez más fuerte de lluvia y rápidamente el cielo empieza a oscurecerse y llenarse de unos rayos lo que iluminan todo, para avisarnos de que estemos preparados para el estruendo mágico y telúrico de los truenos. Es un sonido espectacular, que lo llena todo y hace que vibre nuestro cuerpo como cuando pasamos ante unos enormes altavoces en una feria o en un espectáculo de música al aire libre. Eso, sumado a que los tejados del edificio son de una especie de chapa ondulada, hace que el concierto de la naturaleza resulte impresionante; sólo el caminar tranquilo de las monjas de un lado a otro de la casa, siguiendo con sus quehaceres, hace que cada vez lo escuchemos con más tranquilidad como una más de las músicas de este lugar.

Y hablando de músicas ya acabo esta sinfonía filipina con las voces de las monjas. Cuando celebran misa o algún acto religioso, la casa se llena con la música que sale de la capilla ¿Cómo es posible que canten tan bien? Unos cantos melódicos, dulces, en inglés o en tagalo, a capela o acompañadas del piano y la guitarra, que calman el espíritu y serenan el alma.

Josefina Nieto. Filipinas. 30 de Julio de 2016

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