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Las manos de Flora

Las manos de Flora

Dicen que las noticias malas corren como un reguero de pólvora. Hoy en día, con los medios de comunicación que tenemos eso ocurre con toda clase de noticias, la diferencia es que algunas de ellas nos impactan y nos golpean; producen en nosotros una sacudida que altera nuestro ser y entristece nuestra alma. Hoy, en el corazón de la selva amazónica peruana, una de esas malas noticias nos ha llegado como un golpe helado.

El año pasado Diana y yo tuvimos la suerte de viajar a Filipinas; muchas sorpresas nos aguardaban allí pero el mejor de los regalos fue conocer a Flora.
La primera impresión que me causó al verla, por su delgadez y dificultad para hablar largo tiempo, era de fragilidad; pero al escuchar sus palabras, transmitía una fortaleza como se pueden sentir en pocas personas.

Poco a poco, con una voz suave, me contó que era de Santiago y que, al morir su padre en la guerra civil, se trasladó junto con su hermana a estudiar con las Siervas primero a Zamora y luego a Málaga. Allí realizó su formación, esa que imprime carácter en las Siervas de San José y deja una impronta reconocible en todas ellas, sean del país que sean y vivan donde vivan. De Flora me quedaron muchas cosas; algunas frases grabadas a fuego. Decía: «Cuando estoy en España sé que soy española, pero me siento extranjera. Aquí en Filipinas sé que soy extranjera, pero me siento en mi casa».

Y eso hizo durante toda su vida: arreglar su casa, trabajar por todas aquellas mujeres por las que luchaba y de las que conocía sus nombres, los de su familia, sus preocupaciones y alegrías…Y todos veían en ella a Madre Flora, un referente en sus vidas.

Ella nos contaba cómo llegó allí, jovencita, con una formación en matemáticas y física, suponiendo que iba a trabajar como profesora, y lejos de hacerlo, acabó con la responsabilidad de poner en marcha los Talleres de Nazaret. No fue una tarea fácil, sin medios, sin conocimientos de costura…, pero con la determinación del que sabe cuál es su misión y se enfrenta a ella con todas las fuerzas y el amor que tenía dentro.

Consiguió hacer de los talleres lo que son hoy en día, un referente a todos los niveles. profesionales y humanos donde la calidad empapa las labores que salen de ellos y las manos que las realizan.

Las manos de Flora impresionaban: delgadas, casi transparentes, pero al mismo tiempo inquietas, ágiles e inteligentes.

Estar cerca de Flora era un privilegio, sólo mirarla y escucharla reconfortaba el espíritu y el alma.

Cuando contaba el giro que dio su vida al encontrarse ante el desafío de rescatar mujeres de la pobreza o de algo mucho peor, en vez de acudir a sus cómodas clases, ella me dijo: «Donde os pongan floreced».

Te dejamos el enlace a una noticia que recoge testimonio de María Flora sobre la situación de la mujer y los Talleres de Nazaret, publicada con motivo de la visita del Papa Francisco a Filipinas.

Josefina Nieto, voluntaria internacional

Chiriaco – Perú

1 comentario, RSS

  • Maricarmen de Santiago

    comenta:
    11 julio, 2017 a las 3:51 pm

    Que descanse en paz,no tuve el placer de conocer a esta paisana que desempeñó su labor con tanto ahínco y con esas dificultades queda su recuerdo y sus obras siempre vivas

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