15 y 16 de octubre: Días Mundiales de las Mujeres Rurales y de la Alimentación

Trabajando por los derechos de las mujeres rurales y por la seguridad alimentaria y nutricional en comunidades indígenas de Guatemala

El mes de octubre es un mes dedicado, a nivel mundial, a honrar a las personas que trabajan el campo, que labran la tierra, que plantan semillas, que recogen frutos y que, en definitiva, alimentan al mundo. No en vano, el día 15 se celebra el Día Mundial de las Mujeres Rurales, y el 16 el Día Mundial de la Alimentación. Dos celebraciones consecutivas que están estrechamente relacionadas, ya que las mujeres rurales representan una cuarta parte de la población mundial y producen cerca del 50% de los alimentos, pero su trabajo es invisible y no remunerado en la mayor parte del mundo.

Este año, además, nos enfrentamos a una situación más complicada si cabe, debido a la pandemia de la COVID-19. El 30 de abril, David Beasley, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (programa que no olvidemos, acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz 2020), declaró que: “si no nos preparamos y actuamos ahora para asegurar el acceso, evitar la falta de financiación y las perturbaciones del comercio, podríamos estar enfrentando múltiples hambrunas de proporciones bíblicas”. Seis meses más tarde, nos enfrentamos a que el número de personas en estado de inseguridad alimentaria severa podría duplicarse en este año, llegando a 265 millones de personas. La pandemia está agudizando las vulnerabilidades existentes entre la población más pobre, afectando de manera directa a su seguridad alimentaria y nutricional, y al acceso a los servicios básicos, incluidos el agua y el saneamiento.

Guatemala es un país con enormes contradicciones, entre ellas la presencia de un gran conglomerado de población que vive en condiciones de pobreza (59.3%) y pobreza extrema (23.4%) (*), frente a un crecimiento próspero y una estabilidad económica en los últimos años, donde el 1% de los más ricos se llevan los mismos ingresos que la mitad de la población, y las grandes empresas –solo 3% de las empresas formales– acumulan el 65% de los beneficios generados en el país (OXFAM, 2019). Es uno de los países más desiguales de toda la región, con una de las cifras más altas de desnutrición del mundo (la 1ª en América Latina y la 6ª a nivel mundial).

Según datos de la FAO y la OPS, en el país existe una prevalencia del 49,3% de desnutrición infantil crónica, porcentaje que aumenta en el medio rural. Esto implica que 1 de cada 2 niños/as menores de 5 años sufre desnutrición. Esta cifra, además, apenas ha cambiado en los últimos 25 años: en el año 1995 los índices de malnutrición se situaban en un 55,2%. Esto implica que, a este ritmo, Guatemala necesitaría al menos 50 años para erradicar la desnutrición crónica, una meta muy distante a la planteada en el ODS2.

A esta situación se le suma el hecho de que casi el 50% de la población guatemalteca se presenta como población maya, lo cual acrecienta su vulnerabilidad, desigualdad y pobreza. En muchos municipios y comunidades rurales, el porcentaje de niños y niñas indígenas menores de 5 años con retraso en el crecimiento llega al 70%, situándose entre los que presentan mayor índice de desnutrición en el mundo. Unos datos que, según Acción Contra el Hambre, cuentan con un agravante de género: entre el 29-31% del total de las mujeres guatemaltecas presentan retrasos en el crecimiento, pero esta cifra se dispara hasta el 37,7% entre mujeres indígenas.

Taller de Solidaridad, haciéndose eco de esta realidad, comenzó a trabajar en el país en el año 2017. Desde entonces estamos apoyando 6 proyectos en los departamentos de Petén, Alta Verapaz, Quetzaltenango y San Marcos, de la mano de dos de nuestros socios: Sagrada Tierra y CEDEPEM.

El 1 de octubre, todavía en medio de la pandemia, y sin saber aún cuáles van a ser sus efectos a largo plazo en las condiciones de vida de las poblaciones más vulnerables, hemos comenzado un proyecto en 3 comunidades indígenas del Municipio de Raxruhá, en el Departamento de Alta Verapaz, con nuestra socia en terreno Loq’ Laj Ch’och’/Sagrada Tierra. El proyecto se dirige a fortalecer el empoderamiento femenino, desarrollando acciones destinadas a garantizar la seguridad alimentaria y nutricional, a fomentar el autocuidado y la salud, y a mejorar la capacidad de organización y participación de las mujeres en los espacios de poder de 150 familias mayas Q’eqchí.

La ruta que se ha trazado para lograr este objetivo está marcada a través de la consecución de 3 componentes:

  • Impulsar unos sistemas de producción sostenibles, para que las familias participantes tengan disponibilidad y acceso a unos alimentos adecuados y de calidad.
  • Desarrollar ambientes saludables en los hogares, mediante el acceso a agua potable y el saneamiento básico.
  • Aumentar las capacidades de liderazgo local de las mujeres, y que por medio de la organización en Comités Comunitarios de Desarrollo se garantice su participación efectiva y vinculante ante las instituciones y autoridades locales.

Este proyecto es fruto de un consorcio entre Taller de Solidaridad y Treball Solidari, y cuenta con el apoyo financiero de la Generalitat Valenciana.

Desde TdS entendemos que es fundamental apostar por el fortalecimiento y el empoderamiento de las mujeres rurales, para contribuir al pleno ejercicio de sus derechos, a la erradicación del hambre, y al desarrollo sostenible. En un país como Guatemala, consideramos urgente trabajar para mejorar la seguridad alimentaria de las familias, en un país donde el hambre tiene rostro de mujer rural indígena.

(*) INE. Encuesta de Condiciones de vida 2014/2015, Principales Resultados. Guatemala, 2015, págs. 3 y 8

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