De fruto sagrado a motor de libertad: la historia de Erika y el cacao

Este 7 de julio, Día Mundial del Cacao, lo celebramos con la historia de Erika Silva Sandoval, productora y emprendedora de cacao y chocolate en Piura, Perú. Participa en el proyecto Juntas por la Igualdad que impulsamos de la mano de Radio Cutivalú con el apoyo de la Generalitat Valenciana.

Erika cosechaba cacao y lo vendía al intermediario. Quincena tras quincena, el mismo ciclo, el mismo precio bajo, el mismo horizonte cerrado. «A veces no tenía deseo de ir a cosechar porque trabajaba y el precio era muy bajo. Pero igual iba porque había necesidades que cubrir, mis hijos estaban en la escuela.» No aspiraba a más. Hasta que un día su primo la invitó a Lima, al Salón del Cacao — la primera vez que Erika viajaba a la capital.

Volvió con otra mentalidad. Y con una pregunta que no le dejaba de rondar la cabeza: tenía la materia prima, el cacao blanco de Piura, una de las variedades nativas más reconocidas del mundo por su aroma y sabor únicos. ¿Por qué no podía transformarla?

El viaje que lo cambió todo

«Al conocer el salón del cacao, fue maravilloso ver cómo se transformaba, las maravillas que se podían hacer.» Erika no sabía nada del proceso. Su primo la había preparado con lo básico. Pero lo que vio en Lima — el chocolate, los derivados, el museo del cacao, la historia de un fruto que lleva más de 5.000 años en la Amazonía peruana, desde donde se extendió al resto del continente y que para las civilizaciones preincas era tan sagrado que lo llamaban “el fruto de los dioses” — le abrió un mundo que hasta entonces no sabía que existía.

Volvió a Piura y empezó con un molino viejo que casi se desarmaba, con los brazos doloridos de moler, con hieleras como moldes y tapers como envase. Sin marca, sin registro, sin nada salvo el sabor del cacao de Piura y una convicción que nadie le había enseñado, pero que algo dentro de ella le decía: “yo puedo”.

El molino, el ropero y la libertad

El primer gran pedido vino de donde menos lo esperaba — del colegio de su hijo. Se ofreció a hacer la chocolatada de Navidad, pensando ya en cómo introducir su producto. Los profesores lo probaron, les encantó, y llegó el encargo: cincuenta tabletas. Solo dos moldes, trabajo manual, y en plena molienda el molino se desarmó. «Dios mío, me dije no. Y empecé a tratar de repararlo como sea para salir del impase.» Lo reparó. Entregó las tabletas envueltas en papel manteca y decorativo. Y volvieron a pedir.

Con ese primer dinero hizo dos cosas: comprar una pieza para el molino — y comprarse un ropero.

«Siempre había deseado comprarme uno y nunca nos alcanzaba. Ahí fue cuando sentí el cambio. Por lo primero que me compré me sentí bastante satisfecha».  Erika Silva Sandoval· Proyecto Juntas por la Igualdad· Piura, Perú.

Un ropero puede parecer un objeto pequeño. Para Erika fue el primer acto concreto de su libertad. «Si yo quiero comprarme algo, me lo compro. No tengo que pedirle permiso a nadie.»

Su pareja le dijo que lo dejara, que gastaría más de lo que ganaría. Ella no se rindió. Sus hijos la sostuvieron: «Mamá, tu chocolate es el mejor, tú vas a ver que después te van a pedir.» Y de verdad le pidieron más. Hoy tiene su propio molino eléctrico — ese que siempre soñó para aminorar el trabajo — y un negocio reconocido a nivel municipal que ha participado en ferias departamentales.

La espiral del cacao

Erika no solo transforma el cacao — lo estudia, lo investiga, lo ama. «Me fascina el poder curativo que tiene. El cacao amargo, además de ser un alimento, es una medicina.» Y la ciencia le da la razón: los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos señalan que los flavonoides del cacao pueden mejorar la salud del corazón y estimular la función cerebral. Investigaciones recientes documentan que los flavonoles del cacao potencian la producción de nuevas neuronas, esencial para la memoria, la cognición y la salud emocional. Y, además, vinculan su consumo con beneficios cardiovasculares, incluida la reducción de la presión arterial. Lo que Erika intuye desde su parcela en Piura, la ciencia lo está confirmando desde los laboratorios.

Y esa conexión entre el conocimiento ancestral y el saber moderno es exactamente lo que encontró cuando fue a Jaén, cuna del cacao más antiguo del mundo, aunque no pudo llegar al lugar exacto del hallazgo arqueológico — una huaca con forma de espiral donde las civilizaciones preincas celebraban sus rituales del cacao. Le explicaron que la vida es como una espiral, igual que la semilla del cacao cuando cortas su árbol. «El cacao representa una cultura ancestral», dice Erika. «Eso me emocionó mucho.» Y su propio camino también lo es: cada vuelta más amplia que la anterior.

Ese conocimiento ancestral, esa pasión por las propiedades curativas del cacao, alimenta directamente su visión de futuro. «Me imagino con una tienda física, preparar un chocomiel o un cacao ideal para las mujeres con la menopausia, ayudar a la salud de otras personas, introducir mis productos en un supermercado. Y generar un puesto de trabajo para alguien que lo necesite.» No es una fantasía. Es un plan construido grano a grano.

Sus sobrinas venden sus productos en la universidad. Sus vecinas la ven como referente. A las mujeres de su comunidad que aún no se atreven les dice siempre lo mismo: «Que rompan esas cadenas y que sean mujeres libres. Que no importa si el esposo gana bien — si no tienen un ingreso propio, van a depender de él. Que salgan, que rompan esa jaula de oro.»
Y a la Erika del pasado, a la que lloraba y no veía salida, le diría esto: 

«Que se seque esas lágrimas. Que ya basta. Que se levante. Porque no hay ningún héroe que vaya a venir a rescatarte. La única que puede rescatarte eres tú misma.» Erika Silva Sandoval· Proyecto Juntas por la Igualdad· Piura, Perú.