Alberto Galloso, socio-director de Soluciones en Turismo y de SAÓ Viajes con Valores Sostenibles, lleva tres décadas como asesor de destinos turísticos en todo el mundo. Esta vez cruzó el Atlántico no como consultor, sino como viajero con mirada profesional, para vivir desde dentro lo que ofrecen las comunidades de la Ruta Turística del Ausangate, en Quispicanchi (Cusco, Perú). Volvió con algo que no esperaba.
«Hacía mucho tiempo que no sentía que mi trabajo podía servir para tanto. Y, sin embargo, vuelvo con la sensación de haber recibido mucho más de lo que he podido aportar». Alberto
Eso no lo dice alguien que fue a inspeccionar un proyecto. Lo dice alguien que pasó una semana entre lagunas a 4.500 metros, papas a la wathia, alpacas y mujeres que cocinan, esquilan, cuidan el ganado y educan a sus hijos al mismo tiempo. Alberto Galloso, socio de la alianza que impulsamos esta ruta junto a CCAIJO y Entreculturas, fue al Ausangate a trabajar — y el Ausangate le transformó.
Un lugar donde el tiempo se detiene
Cuatro comunidades, cuatro mundos. Cuyuni, la puerta de entrada, con su bosque de pinos, su pago a la tierra y sus papas cocinadas con el método tradicional de la wathia. Pacchanta, a las faldas del Ausangate, donde la señora Digna le explicó que de la alpaca no se desperdicia nada — la lana, la carne, incluso las heces. «Economía circular en su máximo exponente», dice Alberto.
Andamayo, con sus quesos de montaña y su galpón de cuyes. Y Yanacancha, con la laguna de Sirenacocha a más de 4.300 metros — «una de las experiencias en naturaleza más impactantes que se pueden sentir». Pero lo que más le sorprendió no fue el paisaje. Fue la gente. «Cómo una persona quechuahablante puede transmitirte tanto con su voluntad y su sonrisa. Las ganas de Digna de contarnos cosas eran suficientes para entendernos, sin necesidad de traducción».
Crecer sin perder el alma
Alberto vio emprendimientos en distintos momentos de su desarrollo — el restaurante de Gigi en Pacchanta, los quesos de Maritza en Andamayo, el almuerzo junto a la laguna en Yanacancha. Todos con el mismo potencial y el mismo reto: profesionalizarse sin perder la identidad que los hace únicos. «La falta de profesionalización puede llevarles a copiar modelos de otros destinos donde se pierde esa identidad, trabajando solo a precio. Y eso sería perder exactamente lo que los turistas más concienciados van a buscar».
La clave, dice, está en entender que nadie puede hacerlo solo. «El turismo no es cosa de uno solo. Todos los elementos de la cadena de valor son igual de importantes. Trabajar como un verdadero equipo, con un mismo objetivo y una estrategia compartida, es imprescindible — para mejorar los proyectos, pero sobre todo para mejorar el destino».
El turismo que el mundo necesita
El Ausangate no tiene hoy un problema de sobredemanda. Necesita atraer visitantes, pero sobre todo conseguir que generen retorno real en el territorio. Para Alberto, eso significa algo concreto: dirigirse a viajeros con conciencia, no a quienes buscan el precio más bajo. «No siempre se trata de crecer en número, sino de generar mayor derrama económica para el territorio y mayor respeto hacia su población».
Y la ruta tiene argumentos para distintos perfiles: el viajero activo que busca trekking y cumbres de más de 6.000 metros, el contemplativo que quiere naturaleza sin grandes esfuerzos, el curioso cultural que quiere una inmersión en el mundo andino, el gastronómico que quiere descubrir el cuy, la alpaca y las cientos de variedades de papa. «El reto está en ofrecer al mercado diferentes razones para venir — siempre dirigiéndonos a personas con valores y conciencia de viaje».
Más allá de Machu Picchu
Para quien tenga Cusco en su lista, Alberto tiene un mensaje claro: «No podéis dejar de conocer estos dos grandes iconos del Perú. Pero tampoco os podéis marchar sin descubrir un territorio que está a apenas dos horas y que os permitirá vivir experiencias únicas, personalizadas y profundamente auténticas. Allí todo respira autenticidad».
Y añade algo que va más allá del turismo: «Si sois viajeros con cierta conciencia, podéis sentiros reconfortados sabiendo que lo que genera vuestra visita contribuye directamente al desarrollo socioeconómico de las comunidades y de los promotores que viven y trabajan en el territorio. Viajar hasta allí no es solo descubrir un lugar extraordinario. También es una forma de reconocer su valor y contribuir a que las personas que lo habitan puedan seguir viviendo dignamente de él».