«Las mujeres no necesitan ser salvadas. Necesitan ser acompañadas en su propia salvación»

Entrevista a Yusandra Yurico Yuca Naola

“Las mujeres con las que trabajo no necesitan que nadie llegue a rescatarlas. Tienen capacidad, tienen resiliencia, tienen sueños. Lo que necesitan es alguien que las acompañe mientras los hacen realidad”. 

Yusandra Yurico Yuca Naola  es psicóloga de formación y trabajadora comunitaria por convicción, forma parte del equipo técnico de Wayra, la socia local con la que impulsamos el proyecto Mujeres Sembrando Autonomía en Quispicanchi, Cusco, financiado por la Comunidad de Madrid. El proyecto acaba de arrancar en 2026 — y esta entrevista captura ese momento: el del inicio, cuando todavía no hay resultados que mostrar pero sí hay una visión muy clara de por qué esto es necesario.

De la psicología al género: un camino personal

Trabajar en autonomía económica y violencia de género no es para Yusandra solo una elección profesional. Es también el resultado de un proceso personal. «He tenido que enfrentar las brechas que me ha tocado vivir por ser mujer. Ha sido un proceso de reconocer la violencia normalizada en mi propia vida, pero también ha sido reconciliador darme cuenta de que no estoy sola, de que soy parte de una comunidad más grande.» Ese recorrido la llevó a querer trabajar en temas de género — y a entender la interseccionalidad no como un concepto académico, sino como una clave práctica para comprender por qué las violencias se superponen y se refuerzan entre sí.

Lo que le resultó más revelador fue conectar ese marco con la economía. «Para mí ha sido interesante y retador poder conectar mis conocimientos en género y violencia con el ámbito económico, especialmente la autonomía económica como factor determinante en la eliminación y prevención de violencias, sobre todo sabiendo que es una variable que determina la permanencia de las mujeres en relaciones con violencia.»

Quispicanchi: riqueza y brechas

Para quien no conoce el territorio, Yusandra lo describe como una provincia de enorme riqueza cultural, agrícola y comunitaria — con poblaciones quechuahablantes y una identidad andina muy fuerte — pero también atravesada por profundas desigualdades. Las mujeres rurales dedican su tiempo al cuidado del hogar, los hijos, los animales, las labores agrícolas. Y lo alarmante, dice, no es solo la carga: «La comunidad — hombres y mujeres — minimiza estas actividades, quitándoles el valor que merecen por ser no remuneradas. Lo que evidencia que viven en constante violencia.»

Lo que más le impacta no es la situación en sí, sino la forma en que se ha interiorizado. Las historias de las mujeres muestran una violencia que ha estado presente desde la infancia y que con el tiempo se ha normalizado. Pero junto a eso, dice Yusandra, siempre aparece algo más: «Lo que más me impacta es la resiliencia: cómo, a pesar de todo, mantienen en privado sueños de crecer y un día lograr que sus hijos tengan una vida mejor.» Y lo que más le preocupa es que el sistema no solo no protege ese sueño — lo cuestiona. «Las mujeres que intentan cambiar su situación son juzgadas socialmente.»

Autonomía económica: mucho más que ingresos

La conexión entre dinero propio y violencia de género es el centro del proyecto — y es también la idea más difícil de explicar a quien no la ha vivido. Yusandra lo aclara sin rodeos: muchas mujeres permanecen en relaciones violentas no porque quieran, sino porque no tienen otra salida. Han pasado de depender económicamente de sus padres a depender de sus parejas, sin haber desarrollado nunca las herramientas para construir una vida autónoma. «La autonomía económica es fundamental para que las mujeres puedan reconocerse sujetas de derechos y salir de las violencias desde la práctica, y no solo conceptualmente.»

Por eso el proyecto no trabaja solo el emprendimiento. Trabaja también la autoestima, el liderazgo, la corresponsabilidad familiar, los derechos. Todo a la vez, porque todo está conectado. Una mujer que aprende a gestionar un negocio mientras sigue cargando sola con el hogar no ha ganado autonomía — ha ganado una carga más. El proyecto lo sabe, y lo tiene en cuenta desde el diseño.

Las primeras mujeres: entre la urgencia y el miedo

El proyecto acaba de arrancar y las primeras participantes ya están en marcha. Llegaron por convocatoria — voluntariamente, «para empezar generando autonomía y capacidad de decisión» — y vienen de recorridos muy distintos: mujeres que nunca han emprendido por miedo o vergüenza, mujeres que lo intentaron y encontraron resistencia en casa, mujeres que ya tienen un pequeño negocio pero se han topado con barreras para crecer.

«Llegaron todas muy animadas, con preguntas y muchas dudas.» Pero en las entrevistas individuales apareció algo más: inseguridad sobre su propia capacidad, y el miedo muy concreto de no poder conciliar el rol de cuidadora con llevar adelante un emprendimiento. Paradójicamente, junto a ese miedo había una urgencia real: la necesidad de generar más ingresos para sus familias. Se ponen entre la espada y la pared, dice Yusandra. Y ese es exactamente el punto donde el proyecto intenta actuar.

Lo que nadie ve desde lejos

Hay algo que Yusandra considera fundamental transmitir a quienes apoyan este trabajo desde España: la diversidad. «Podemos estar con mujeres que viven en el mismo territorio, pero la diferencia entre unas y otras es enorme. Cada comunidad tiene costumbres y tradiciones diferentes, a veces imperceptibles a primera vista. Las dinámicas comunitarias, culturales y territoriales influyen muchísimo en la vida cotidiana de las mujeres y en la manera en que trabajamos los procesos de cambio.»

«Las comunidades rurales andinas no son espacios pasivos esperando ayuda externa. Hay una enorme capacidad de organización, solidaridad y resistencia comunitaria. Nuestro trabajo no es llegar a imponer soluciones, sino acompañar procesos desde el respeto y el aprendizaje mutuo.» Los cambios sostenibles, insiste, no se construyen solo con recursos económicos. Se construyen con confianza, escucha y compromiso continuo.

La cooperación construye vínculos entre personas y pueblos

Es la pregunta que muchas personas en España se hacen. Y Yusandra la responde sin dudar: «Sí tiene sentido, y mucho. Porque aunque exista una gran distancia geográfica, las desigualdades, la violencia y la falta de oportunidades no son problemas aislados; son desafíos humanos y globales que nos interpelan a todas y todos.»

Invertir en las mujeres, dice, es invertir en comunidades más justas, seguras y sostenibles. Pero hay algo que va más allá de la eficacia del gasto: «Algo muy importante es entender que la cooperación también construye vínculos entre personas y pueblos. Desde España no solamente se está apoyando una actividad; se está apostando por vidas, por derechos y por futuros más justos. Ese acompañamiento hace que muchas mujeres sientan que no están solas y que sus realidades importan más allá de sus comunidades.»

Lo que lleva grabado en la memoria

Se le pregunta por el momento de su trabajo que lleva más grabado. No duda: «Siempre tengo en la memoria las sonrisas tímidas de las mujeres que por primera vez han podido hacer una presentación o decir algo frente a público. Una mirada que busca aprobación, pero que también les da la libertad de poder hacer algo que les habían dicho que no podían.» Ver ese proceso de crecimiento a lo largo de años le da optimismo ante cada mujer que llega nueva. «Me da esperanza de que un cambio es posible.»

Y si tuviera que definir el éxito real del proyecto al terminar, no lo mediría en número de emprendimientos creados. Lo mediría en confianza. En redes de apoyo entre mujeres. En que haya menos tolerancia hacia la violencia. Y, sobre todo, en que las familias — no solo las mujeres — hayan cambiado algo. «Soy consciente de lo complicado que es, pero creo que el simple hecho de que las familias lo reconozcan ya habremos cambiado sus vidas.»