En las laderas de Cochabamba, en barrios donde la pobreza, la falta de servicios básicos y el éxodo rural marcan la vida cotidiana, un grupo de mujeres está demostrando que la formación y la solidaridad pueden transformar destinos. El proyecto de empoderamiento de mujeres que impulsamos desde Taller de Solidaridad junto a las Siervas de San José está ofreciendo a decenas de mujeres la oportunidad de aprender un oficio, generar ingresos y recuperar la confianza en sí mismas.
La formación técnica como herramienta de cambio y apoyo familiar
Berta Aquino, vecina de Monte Rancho y madre de tres hijas, encontró en la confección textil una forma de crecer personal y profesionalmente.
“He aprendido más, tengo más pedidos y los hago más bonitos. Gano un poco más, para mi familia y para ayudar a mi esposo”, explica orgullosa. Con hasta 40 pedidos semanales y un puesto en el mercado de Quillacollo, sueña con ampliar su taller y contratar a otras mujeres. Su mensaje para quienes aún dudan es claro: “Que no se desanimen y que trabajen, que todo se puede para sostener a la familia. Que sigan adelante”.
La historia de Vilma Olivera, de Monte Olivos, refleja también la fuerza del proyecto para sostener hogares enteros. “Yo antes trabajaba solo en casa, y no traía plata; ahora hago 10 polleras por semana, gano entre 800 y 1000 bolivianos, y aporto a mi familia. Gano más que mi esposo y él está contento porque le ayudo a pagar la hipoteca y los gastos de los hijos”. Con el crédito recibido, compró dos máquinas de coser y sueña con tener un taller más grande. A su lado, su hijo mayor, de 15 años, ya se interesa por aprender el oficio.
Tejer futuro con alegría y confianza
Para Albina Zapata, del barrio Alto Litoral, la formación no solo ha sido un medio para ganar dinero, sino un espacio de comunidad. “Yo siempre me río y mis compañeras se alegran conmigo. He aprendido a costurar y ahora puedo pagar la luz, el gas y ayudar en los estudios de mis cinco hijos. Estoy feliz. Muy feliz”. Su esposo reparte los encargos en su taxi, y sus hijos la animan en cada paso.
Filomena Huarachi, con 45 años y seis hijos, lleva casi dos décadas vinculada al proyecto. Empezó alfabetizándose y hoy cuenta con un certificado en confección textil. “Mi esposo me corta las telas y mis hijas me ayudan. Quiero un cuarto solo para mi taller y comprar otra máquina más”, explica. Para ella, lo más importante es compartir lo aprendido: “Me gusta avisar y compartir entre mujeres. Apoyarnos. Gracias a mi trabajo en mi casa puedo también estar con mis hijos. Me siento bien”.
La más joven del grupo, Rosa María Condori, de 29 años y madre de tres hijos, lleva apenas unos meses en el proyecto, pero ya ha notado un gran cambio. Antes se dedicaba a coser bolsas que vendía en el mercado; ahora confecciona prendas y ha ganado confianza en sí misma. “Yo antes era muy tímida, no me atrevía a hablar. Ahora soy delegada de clase de mis hijos y me siento capacitada. Mi esposo me dijo: ‘así puedes tener tu propia manera de ganar y no depender de mí’. Me apoya mucho y mis hijos también. Todos estamos muy contentos”.
Sueña con vender ropa en todo el país: “Me imagino haciendo prendas y enviándolas desde mi casa”.
Ingresos, autoestima y liderazgo
El proyecto no se limita a la capacitación técnica en textil y confección, gastronomía o repostería. Las mujeres aprenden a leer y escribir, reciben formación en habilidades sociales y liderazgo, y participan en cooperativas de ahorro y alimentación. Estos espacios refuerzan su autoestima y les permiten sentirse parte activa de sus comunidades, superando el aislamiento y la discriminación que han vivido como mujeres, migrantes, campesinas e indígenas.
Una red que sostiene vidas
Los testimonios de Berta, Vilma, Albina, Filomena y Rosa María reflejan cómo la oportunidad de aprender un oficio puede transformar hogares enteros: las mujeres generan ingresos, sus esposos las apoyan, sus hijos e hijas tienen en ellas un referente y la comunidad reconoce su esfuerzo. Pero también muestran algo más profundo: la construcción de redes de apoyo, amistad y solidaridad que les permiten mirar al futuro con esperanza.
En palabras de Albina: “Les agradezco a las hermanas, a las profes, a todas por su enseñanza. Que sigan adelante apoyando a muchas más mujeres”.