Cuando el clima cambia, las comunidades responden

Este 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, ponemos el foco donde la crisis climática golpea más fuerte — y donde las mujeres y la juventud están encontrando la manera de seguir adelante.

El 2024 fue el año más caluroso de los últimos 175 años de registro. Por primera vez en la historia, la temperatura media global superó el umbral de 1,5°C por encima de los niveles preindustriales — el límite que el Acuerdo de París fijó como línea roja para evitar los efectos más devastadores del cambio climático. No fue un hito técnico. Fue una señal de que lo que antes parecía un escenario lejano ya está aquí, y que sus consecuencias las están sufriendo millones de personas en todo el mundo — muchas de ellas, en los territorios donde trabajamos.

El cambio climático cuando lo vives desde dentro

Hay una diferencia entre saber que el clima está cambiando y despertar cada mañana sin saber si va a llover. En el departamento de Madriz, al norte de Nicaragua — parte del Corredor Seco Centroamericano, una franja que atraviesa Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua y donde viven más de 11 millones de personas en condiciones áridas o semiáridas — llevan siete meses sin lluvia en el momento en que escribimos esto. No es una excepción. Es el nuevo patrón.

«Las lluvias no están llegando en los períodos esperados. Las aguas superficiales se han secado y las subterráneas se han profundizado», describe Renaldy Morales Videa, director del programa Desarrollo Rural (PRODER) de nuestra socia local INPRHU-Somoto en Nicaragua. Las familias tienen que caminar más lejos para conseguir agua, comprar alimentos a precios altos porque lo cosechado no alcanza, y establecer horarios y cuotas mínimas para abastecer a todos los hogares. 

«Esta situación provoca migraciones a otras zonas del país y en ocasiones a otros países». Renaldy Morales Videa. INPRHU-Somoto.

Lo que ocurre en Madriz no es una excepción local: es un reflejo de lo que viven millones de comunidades rurales en todo el mundo.

En Bolivia, el mismo patrón. En Ushpa-Ushpa, en la periferia de Cochabamba, las lluvias ya no siguen los ciclos habituales. «Las altas temperaturas y la disminución de la humedad del suelo afectan el rendimiento de algunos cultivos y favorecen la aparición de plagas y enfermedades», explica Santos Choque, técnico agrónomo de la Fundación Nuqanchik. El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología de Bolivia (Senamhi) confirma que la sequía de 2023-2024 tuvo impacto significativo en toda la agricultura del país.

«Frente a esta realidad, las comunidades han comprendido que fortalecer prácticas sostenibles y adaptarse al cambio climático es fundamental para garantizar la seguridad alimentaria, el cuidado de la Madre Tierra y el bienestar de las familias». Santos Choque. Fundación Nuqanchik

Bolivia: mujeres que cuidan la tierra para que la tierra las cuide

Desde 2021, el proyecto acompaña a 70 mujeres — en su mayoría quechuahablantes migradas del campo a la ciudad — en la construcción de huertos orgánicos familiares y gallineros en sus propios patios. Aprenden a captar agua de lluvia, a hacer compost, a controlar plagas con agentes naturales y a plantar árboles en las aceras de sus casas para recuperar la humedad del suelo.

El punto de partida es duro: «La alimentación de estas familias se realiza a base de carbohidratos; no tienen acceso a alimentos sanos y nutritivos por falta de recursos económicos. El cambio climático y los eventos meteorológicos extremos como heladas, sequías prolongadas e inundaciones afectan la producción de alimentos propios de forma continua», dice Liliana Siles, coordinadora del proyecto de huertos y gallineros en Ushpa-Ushpa de la Fundación Nuqanchik. «Tratamos de contribuir al logro de la soberanía alimentaria, en armonía con el medioambiente, partiendo de los valores propios, el Sumak Kawsay — el Buen Vivir — y la equidad de género.»

Los resultados se miden en la mesa y en la vida cotidiana. Feli Valda Castellón lleva más de siete años en el proyecto. Antes, su familia dependía completamente del mercado. Hoy tiene tomates, perejil y acelgas todo el año, y un gallinero cuyos huevos aparecen cada mañana en el desayuno de sus hijos. «Antes dependíamos completamente de los mercados para comprar verduras. Ahora, con los huertos que tenemos en casa, no solo contamos con alimentos frescos, sino que también hemos reducido nuestros gastos. Este proyecto ha cambiado nuestras vidas», dice.

Celestina Arispe García lo confirma: «Hoy cuento con un huerto propio y 14 gallinas ponedoras, lo que nos permite alimentarnos y vender el excedente para mejorar la economía familiar. Me siento orgullosa».

Nicaragua: la juventud que se queda y construye

En el Corredor Seco, la juventud es la que más emigra. Y también la que más puede cambiar las cosas si encuentra motivos para quedarse. El proyecto que ejecutamos junto a INPRHU-Somoto en el departamento de Madriz trabaja precisamente con esa apuesta: 704 personas, el 65% mujeres, de entre 18 y 35 años, priorizando madres solteras y jóvenes migrantes que han regresado.

Las soluciones que están construyendo son concretas y nacen del conocimiento del territorio: bancos comunitarios de semillas autóctonas, riego por goteo para ahorrar la poca agua disponible, diversificación de cultivos, reforestación de áreas de recarga hídrica. En 2025, la construcción de cinco pozos comunitarios mejoró el acceso al agua de 1.465 personas en situación de vulnerabilidad.

«Los jóvenes están participando en los comités de agua potable y saneamiento, en grupos de ahorro, en obras comunitarias, en intercambios intergeneracionales de saberes», cuenta Renaldy. «Aunque son los que en mayor cantidad han emigrado, los que siguen en sus comunidades están asumiendo el trabajo comunitario junto a sus padres.»

Rusbell Idalmy Huete Rivas es un ejemplo de esa apuesta. En 2015, con un curso de apicultura como punto de partida, creó su propio micronegocio, Abejita Constructora. «Eso me motivó a demostrar que las mujeres también tenemos la capacidad, la fuerza y el talento para desarrollarnos en ese oficio».

Lo que une a miles de comunidadades en todo el mundo

Bolivia y Nicaragua son dos ejemplos de algo que ocurre en decenas de países: comunidades rurales que cargan con las consecuencias de una crisis climática que no han causado, y para la que tratan de buscar respuestas. La Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha movilizado casi 14 millones de dólares desde 2022 para proyectos de resiliencia climática solo en el Corredor Seco. El desafío es global. Las respuestas, locales.

La cooperación internacional no resuelve la crisis climática. Pero puede hacer que las comunidades más expuestas tengan más herramientas, más conocimientos y más redes para seguir adelante. Eso es lo que tratamos de hacer, junto a la Fundación Nuqanchik en Bolivia e INPRHU-Somoto en Nicaragua. Hoy, 5 de junio, Día Internacional del Medio Ambiente, celebramos a quienes hacen eso posible.